La Cenicienta: La otra cara del cuento 

09.10.2025

Queridos lectores,

hoy les traigo una historia que quizá crean conocer, pero que muy pocos han escuchado realmente. Todos hemos oído hablar de la dulce Cenicienta, del príncipe encantado y del zapato de cristal… pero ¿Qué hay de quienes quedaron en las sombras del cuento? Esta vez, la voz no pertenece a la heroína, sino a Anastasia, una de esas hermanas que el destino y los rumores convirtieron en villanas. Prepárense, entonces, para descubrir la verdad que se esconde entre las cenizas y los espejos rotos de la envidia.

Siempre creí que mi madre tenía razón: en esta vida hay que luchar para no quedarse atrás. Desde pequeñas, Drizella y yo aprendimos que la belleza y el encanto abrían puertas, y que ser débil era un pecado. Por eso, cuando mi padre murió y nos quedamos solo con mamá, no me sorprendió que ella tomara las riendas de la casa. Lo que sí me sorprendió fue la llegada de ella... Cenicienta.

Al principio pensé que sería una buena hermana. Tenía una sonrisa dulce y hablaba con voz suave, como si todo el mundo mereciera su ternura. Pero con el tiempo, su perfección empezó a cansarme. Siempre tan amable, siempre tan buena. Mientras nosotras nos esforzábamos por llamar la atención, ella simplemente existía y lograba brillar sin intentarlo. Mamá decía que debíamos recordarle su lugar, que no era más que la hija de un hombre que ya no estaba. Así fue como comenzó todo: los encargos, el polvo, el apodo que se le pegó en la piel —Cenicienta.

Yo no era cruel, o al menos no creía serlo. Solo seguía lo que mamá mandaba. Pero algunas noches, mientras ella dormía junto al fuego, me quedaba mirándola en silencio. Tenía las manos llenas de hollín, pero los ojos... los ojos todavía eran los de una persona libre. No entendía cómo podía mantener esa luz después de todo. Yo, en cambio, me sentía vacía, como si el espejo solo me devolviera la sombra de lo que mamá quería que fuera.

El día del baile del príncipe cambió todo. Mamá estaba obsesionada con que alguna de nosotras debía casarse con él. Pasamos horas eligiendo vestidos, ensayando sonrisas, practicando pasos. Cenicienta, desde su rincón, nos miraba con esa mezcla de ilusión y tristeza. Cuando se atrevió a pedir permiso para ir, mamá se rió en su cara. Yo bajé la mirada, porque por primera vez sentí vergüenza.

Esa noche, en el palacio, me di cuenta de que no importaba cuánto nos esforzáramos: el príncipe apenas nos miró. Estaba deslumbrado por una joven que nadie conocía, con un vestido que parecía hecho de luz. Bailó con ella toda la noche, y yo sentí un nudo en el pecho. No de envidia, sino de reconocimiento. Sabía que esos ojos los había visto antes, en una chimenea iluminada por el fuego. Era ella.

Cuando el reloj marcó la medianoche y la misteriosa dama huyó, una parte de mí deseó que no la encontraran nunca, que se quedara libre. Pero mamá pensaba distinto. Cuando el mensajero del palacio llegó con el zapato de cristal, supe lo que iba a pasar. Mamá trató de forzar el zapato en nuestros pies, como si con eso pudiera cambiar el destino. Vi el dolor en sus ojos, la desesperación por conseguir poder, y comprendí que toda su dureza venía del miedo.

Y entonces llegó Cenicienta. No con rencor, ni con orgullo, sino con esa serenidad que siempre la acompañaba. Cuando el zapato encajó perfectamente en su pie, sentí una mezcla de alivio y tristeza. Alivio porque al fin tendría la vida que merecía, y tristeza porque su bondad nos dejaba en evidencia.

El príncipe la reconoció de inmediato y se la llevó al palacio. Yo la vi partir desde la ventana, sabiendo que nunca volvería. Mamá lloró de rabia, Drizella gritó, pero yo... yo solo me quedé en silencio. Entendí que no era Cenicienta quien nos había quitado algo, sino nosotras quienes habíamos perdido nuestra humanidad al intentar ser lo que no éramos.

Con el tiempo, me alejé de casa. No quería seguir siendo una copia de mi madre. A veces escucho historias sobre la princesa del reino, sobre su bondad y su justicia. Dicen que ayuda a los pobres, que trata bien a todos, incluso a quienes la lastimaron. No sé si eso es cierto, pero me gusta creerlo. Me gusta pensar que, de algún modo, me ha perdonado.

Porque aunque la historia la recuerde como Cenicienta, para mí siempre será Ella, la única que supo mantenerse pura en un mundo que nos enseñó a ser crueles. Y yo, Anastasia, solo puedo agradecerle por haberme mostrado que todavía era posible cambiar.


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